Daños colaterales

Uno cree que no va a ser muchas cosas. Que no va a ser uno de esos hijos que le gritan a sus padres en esa especie de inversión de roles que se da cuando los alcanzan en estatura. Que no va a ser uno de esos padres que tratan a sus hijos como niños que no entienden minimizando sus problemas (por mínimos que parezcan desde su perspectiva). Que si, llegado el momento, nuestro matrimonio fracasara, pensaríamos dos veces antes de meter a una persona nueva en la casa, poniendo primero a nuestros hijos que la necesidad de llenar el insoportable vacío que quedó en la otra plaza de la cama. Hacer planes es fácil, y proyectarse a futuro como una mejor persona de lo que uno es, un desliz en el que caemos con demasiada frecuencia. Llegado el momento, las situaciones nos toman por sorpresa y nos encuentran vulnerables, porque resulta que la vida arrastra, a veces golpea, y en el proceso nos va volviendo criaturas más egoístas y menos atentas a los dolores y las cicatrices ajenas.

No me tocó ser hija de padres divorciados, tuve esa suerte, pero eso no me evitó el terror que sentía cada vez que imaginaba la posibilidad; pensarlos distanciados me generaba una angustia que probablemente se habría potenciado si en mi inocencia hubiera manejado la posibilidad de que, después de aquella eventual separación, un/a extraño/a podía venir a vivir a mi casa: el/la nuevo/a compañero/a de vida de mi madre/padre.

Todos estos miedos que el tiempo, la madurez y la realidad (mis padres siguen juntos y sí, eso todavía me hace feliz) enterraron, volvieron a mi memoria mientras miraba The Way, Way Back (Algo así como El camino de vuelta, de Nat Faxon y Jim Rash), una película menor pero poblada de actores que me encantan y que, de manera impredecible, el director decidió jugar y mover las piezas en el tablero poniendo a Steve Carell en un personaje de padrastro insufrible, y a Sam Rockwell, como el bastión, aunque algo alocado, de Duncan, el hijastro de Trent (Carell).

“Duncan, en una escala del 1 al 10, ¿qué crees que eres?”, le pregunta Trent mientras maneja rumbo a las vacaciones que compartirá su parte de la familia (él y su hija), con Duncan (Liam James) y su madre (Toni Collette), la otra mitad faltante de esa familia artificial y prematuramente constituida. Vale aclarar que el chico tiene 14, esa edad en que uno no sabe quién es, qué quiere, ni quién lo quiere, y ponerse un puntaje, además de terriblemente humillante, resulta de una dificultad asombrosa. Como cualquier adolescente haría, Duncan se rehúsa a contestar. Pero Trent insiste (es esa clase de adulto que cree que así es como se “saca buenos” a los jóvenes. ¿Aplastándolos a ver si pueden levantarse y demostrar su fuerza de espíritu?). Finalmente, dubitativo, Duncan arriesga un conservador seis, pero Trent no está de acuerdo: “Yo creo que eres un tres”, remata, en una de las varias contundentes líneas que seguirá lanzando en su meticuloso trabajo para hundir al chico. Queda claro que si Duncan sobrevive no solo hasta la mayoría de edad, sino simplemente a ese verano, puede salir con el amor propio totalmente arruinado o verdaderamente fortalecido; no hay grises en eso. En esa oportunidad, la madre de Duncan estaba dormida en el auto, así es que no fue partícipe de la aberrante charla. Más adelante queda claro, sin embargo, que la mujer está muy al tanto del trato que este señor le da al chico; sin gritos, pero con la suficiente violencia psicológica como para achatar a cualquiera. Lo peor de todo es que se puede percibir que no está de acuerdo, pero aun así no hace nada.

Por suerte, existe Owen (Rockwell), un adulto improvisado que en el invierno pinta casas y en el verano trabaja en un parque acuático y que tiene la gentileza y la sensibilidad de ofrecerle a Duncan el lugar que necesita para escapar y el trabajo que precisa para sentir que pertenece a algún sitio, y al público, varios momentos geniales que hacen de este drama también una comedia.

Seguramente la madre —interpretada por una Toni Collette en la que su creciente cercanía a los cánones de belleza de Hollywood no parecen haber hecho mella, por fortuna, en su talento como actriz— no sea la única culpable de la miseria de Duncan. Está claro que está en su derecho de intentar rehacer su vida después de un marido que la dejó por una mujer más joven —y aún si hubiera sido ella quien decidiera dejar—. Con un poco más de suerte (o criterio), un nuevo hombre en la casa podría haber sido una bendición, creado vínculos valiosos, y hasta sustituir una imagen paterna poco presente o ausente.

Es solo que me asusta ese enamoramiento sin edad que puede asaltarla a una —y a “uno”, los hombres tampoco escapan a esto— y enceguecerla a cualquier altura de la vida, desordenando sus prioridades, y llevándola a permitir cosas inadmisibles. Me preocupa eso de algún día poder desaprender por un arrebato lo que me llevó años aprender, y relegar lo verdaderamente importante en pos de una gratificación propia que nada tiene que ver con lo duradero. Me preocupa alguna vez fallarle a alguien, y no quiero ni pensar en lo que me torturaría saber que le fallé a un hijo. Somos humanos y dicen que errar nos define, pero algo me dice que ese consuelo no sería suficiente.

THE WAY, WAY BACK

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Un comentario en “Daños colaterales

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