Un motivo adorable

Existe un buen motivo para explicar mi ausencia. Un excelente motivo. Un motivo adorable, rezongón a veces, risueño, simpatiquísimo. Un motivo que de un día para el otro se volvió el centro de mi vida cambiándolo todo. Un motivo que es una persona. De casi 6 meses. Guille.

Cuando Guille medía apenas lo que una alubia (según babycenter.com) empecé a tomar nota de todos esos pensamientos, reflexiones, o como quieran llamarles que me iban asombrando en el proceso. Ese listado salió publicado en galería, la revista para la que escribo, y lo comparto aquí, en parte, para justificar todos estos meses en los que estuve alejada de Chick Flick Therapy. Espero que este sea el regreso. Y espero que me estuvieran esperando :)

 

Guille Post 2

El motivo

 

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Ante la llegada de mi primer hijo leí libros, googleé, hice preguntas y también escuché cientos de consejos que no había pedido. Así y todo, a la hora de la verdad comprobé que la maternidad me tenía reservadas unas cuantas sorpresas y algunos escenarios en los que, honestamente, pensé que no me encontraría. La que sigue es una recopilación de esas cosas que hicieron del embarazo y el puerperio una aventura diaria.

 

42 situaciones no previstas por una madre primeriza

Que el test podía dar negativo y ser positivo.

Que hay dos formas de calcular la fecha probable de parto, que en mi caso la diferencia sería de seis días y que esa diferencia me estresaría demasiado.

Que algunos me iban a preguntar sin rodeos si el bebé había sido buscado.

Que otros iban a opinar sobre cuán acorde era el tamaño de mi panza a la edad gestacional.

Que muchos no podrían evitar preguntarme cuántos quilos había engordado y hasta discutirían lo apropiado o excesivo de mi aumento de peso como si yo no estuviera presente.

Que iba a engordar por culpa de los churros pero también por ser víctima de un hambre voraz.

Que aumentar más de un kilo por mes de embarazo está muy mal visto por la comunidad médica.

Que sería capaz de engordar cuatro quilos en un mes y jurar frente a la balanza que no había comido más que de costumbre.

Que no iba a estar todo el tiempo feliz y radiante.

Que no podría canalizar mi ansiedad por la comida, ni a través de ansiolíticos, ni a través de… nada,  porque todo es potencialmente nocivo para el bebé.

Que los sitios de Internet comparan el tamaño del bebé con porotos, manzanas, coliflores y hasta atados de apio en las semanas finales.

Que seguiría intentando pasar de perfil por espacios chicos,  aun después de quedarme trancada un par de veces.

Que girar en la cama iba a volverse un movimiento complejo que requeriría de dos o tres etapas.

Que todo me haría muy muy feliz o muy muy triste.

Que iba a empezar a andar con abanico en la cartera.

Que las manos regordetas que supe tener de adolescente volverían a mí gracias a las bondades de la retención de líquidos, y que al final del séptimo mes mis pies se parecerían a los de Shrek.

Que el bebé patearía tanto para afuera como para adentro, y que esas patadas podían ser un lindo masaje o un incómodo golpeteo en las costillas.

Que en cualquiera de los dos casos no iba a querer que se terminaran, porque eso significaba que el bebé estaba bien.

Que pese a toda mi planificación y necesidad de tener las cosas bajo control mi ginecóloga podía estar de licencia en mi fecha probable de parto.

Que me imaginaría diciéndole miles de apodos al bebé desde mucho antes de que naciera.

Que mi ginecóloga estaría, en efecto, de licencia el día del parto.

Que el amor a primera vista existe, porque desde el primer momento en que lo vi, azulado y llorando a gritos, estaría dispuesta a dar todo por ese ser que acababa de conocer.

Que el día empezaría a dividirse en módulos de dos o tres horas.

Que esas tres horas no serían tales, porque después de cambiarlo y darle de comer solo quedaría una hora y media.

Que esperaría con miedo la llegada de la noche.

Que las sonrisas que hacen mientras duermen me harían olvidar de las ojeras y la falta de sueño.

Que mi sueño no volvería a ser tan profundo como el de antes.

Que algunos me dirían cosas como “Ahora no te quejes” o “¿qué querés?, es chiquito” cuando, respondiendo a su pregunta, les decía que el bebé no dormía más de tres horas seguidas.

Que las campañas de lactancia materna pueden ser muy crueles con las mujeres que por algún motivo no pueden dar de mamar.

Que terminaría entendiendo a esas madres que hablan apasionadas de la frecuencia y consistencia de la popó de sus hijos.

Que me propondría infructuosamente seguir peleando por no convertirme en una de esas madres.

Que por momentos tendría miedo de mi propio bebé, de no entender a esa criatura, y que habría veces que pensaría que había nacido con un plan maléfico para arruinar a sus padres.

Que cuando estuviera despierto iba a hacer todo por dormirlo y cuando durmiera iba a extrañarlo y desear que se despertara.

Que todo iba a ser así de contradictorio y así de emocionante.

Que podría pasarme horas oliendo su aroma a levadura y leche cortada.

Que esa mirada de inocencia y total entrega me resultaría abrumadora y hasta dolorosa.

Que me olvidaría de todas las canciones de cuna y me encontraría cantando jingles de jabón en polvo para entretenerlo.

Que la mañana siguiente a la noche que empezó a dormir cinco horas me sentiría eufórica.

Que iba a ser tan divertido.

Que yo también empezaría a hablar en primera persona del plural cuando hablara de él: “hoy nos bañamos, jugamos, dormimos”.

Que ya no sería la misma persona.

Que los clichés por algo son clichés, y que a fin de cuentas, no soy muy diferente al resto de las madres.

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4 comentarios en “Un motivo adorable

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